viernes, 9 de octubre de 2015

Mercaderes. Muestra Fotográfica de Diego Zwengler en Flux bar

Inauguracion el viernes 9 de octubre. Hasta el jueves 12 de noviembre

El orden secreto de las cosas 
 
No hay épica en el comercio. Menos aún en el pequeño comercio. Más bien lo contrario. Los héroes de ficción rara vez son vendedores y nadie narraría una transacción cotidiana como una aventura: “Hoy fui a comprar el pan y tuve una experiencia maravillosa” o “Conseguí la remera que quería y fue algo trascendental”.

A los mercaderes, parece, los siguen dejando afuera de los grandes relatos (excepto si pertenecen al selecto club de los millonarios: ahí sí merecen tapas de revistas y decenas de líneas que narren sus hazañas). Suena extraño, o más bien contradictorio, en un mundo en el que el consumo es rey. Será que la atención siempre está en el resultado: entramos a un local, elegimos, pagamos, nos llevamos lo que compramos y al instante olvidamos al que lo vendió. Claro, quién se va a poner a pensar qué relación habrá entablado el vendedor con eso que ya no tiene y ahora nos pertenece; cuántas veces lo ordenó, lo cambió de lugar, lo miró, lo dejó de mirar. ¿Sería su preferido entre todos los objetos? ¿Habrá sentido satisfacción, orgullo o sensación de pérdida? ¿Los vendedores se encariñan con sus cosas? ¿El comercio tiene sentimientos? ¿Quién se va a fijar en eso? 
 
Diego se fija en eso. Ahí donde otro pasaría de largo, él se detiene. Ahí donde otro vería un paisaje común, él ilumina, apunta, encuadra, descubre una pequeña épica. En el centro está el protagonista anónimo, cotidiano, rodeado de aquello que lo constituye. Diarios, revistas, frutas, verduras, bicicletas, lámparas, instrumentos, gorras. Hay orgullo en el modo de cruzar los brazos, de pararse, de mirar, de exhibir y exhibirse. Y también hay una trama oculta que se teje desde el punto de fuga y que nos lleva a intuir cierto orden secreto entre el vendedor y sus cosas. Como si en cada foto pudiéramos ver, por un segundo, los hilos invisibles que los unen. ¿Y si los hilos nunca se cortan? ¿Y si siguen ahí, en cada cosa que compramos y que nos llevamos a casa?
Fernanda Nicolini